Los baños turcos están diseñados para ser funcionales y acogedores a la vez. Desde el exterior, suelen parecer estructuras modestas y sólidas, con gruesos muros de piedra o de ladrillo y ventanas pequeñas y altas. Las cúpulas de permiten que el calor circule por el interior, mientras que las diminutas aberturas de cristal dejan entrar la luz natural sin revelar demasiado de lo que hay dentro. La entrada suele ser una puerta arqueada **** , a veces decorada con motivos sencillos o inscripciones que aluden a la importancia cultural del espacio.
La primera habitación en la que entras es camekan, un espacio amplio y abierto donde la gente se reúne, se relaja y se prepara. Desde aquí, pasas al tepidarium, una cálida sala donde el suave calor empieza a envolverte. El corazón del hammam es la hararet, la sala caliente, donde una losa de mármol calentada llamada gobek tasi, ocupa el centro del escenario. Alrededor de la habitación hay lavabos de mármol **** empotrados en los muros, llenos de agua caliente, que se saca con palanganas de metal o plástico. Cada espacio está cuidadosamente diseñado para ayudarte a relajarte, limpiarte y conectar con la antigua tradición del hammam.


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